Fantasía marina visita una plataforma. Llega entre corrientes de quietud que desplazan remolinos y combaten huracanes.
Se posa en un portillo, observando el descanso de aquel rostro tostado por el sol, rostro vivído, herido y revivido.
Analiza esas manos que magia hacen, y tan fuertes como son, sutiles también. Tocan y acarician cuando deben, así como aferrarse pueden a corazonadas que exangüe dejen sus oleadas.
Viaja entonces de regreso la sirena al puerto, y del puerto a su mortalidad citadina, esperando entre bulla, niebla y luces, el regreso, a la sordina, de aquel hombre en alta mar.
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